Hades contemplaba su mano. Fría,
negra, continua, y de picas. Inmejorable escalera de color, y de su
palo favorito. No había duda, era una clara señal de que no podía
perder.
-Apuesto todas mis almas – Dijo Hades
a sus compañeros de juego
-¿Como? ¿Todas las almas? ¿Quieres
decir todo el Averno?- contestó La Muerte
- Sí, todo el Averno.
- Uff, con lo que me ha costado
llevarte todo ese material. ¿Qué haremos? No se no se…
La Muerte escudriñaba sus cartas. No
eran nada malas: un póquer de ochos, cuatro cartas de igual numero,
ocho serpientes abrazándose. Ahhh la serpiente, su primer trabajo.
No había duda, era una clara señal de que no podía perder.
- Bueno, igualo apostando mi guadaña.
La partida se notaba tensa.
- Jugáis fuerte – dijo Caronte
mientras contemplaba su fortuna.
Caronte, con un full de reyes y damas,
providenció la señal de su mano. Clara simbología que hacía
alegoría que hasta los mas nobles hombres han de acabar pasando por
su trabajo. No había duda, era una clara señal de que no podía
perder.
- Pues no seré menos, ahí va mi
barca.
El cuarto jugador permanecía en
silencio. Seis cuencas negras intentaron escrudiñar la mentalidad
del último jugador, y su respuesta pareció obvia.
- Queridos compañeros, no hay duda,
esta partida es una clara señal de que no puedo perder. – dijo el
cuarto jugador.
- ¿Y que puede un simple humano
ofrecernos para igualar nuestras apuestas? – contestó maliciosamente
Hades.
- Puesto que mi alma no es comparable
con todas las almas, presentes y futuras, que hay en juego creo que
mi única alternativa es recurrir a esto. – Dijo el personaje
mientras dejaba caer un objeto de madera sobre la mesa.
Sorpresa, asombro e incluso se podría
intuir el terror si no fuera por la inexpesividad de los juadores. El
cuarto jugador había puesto sobre la mesa el objeto más preciado.
El cáliz, el cáliz sagrado, el Cáliz de Cristo, sangre de Cristo,
vida de cristo, vida.
Cuatro objetos, cuatro poderes que
otorgarían al ganador el poder de ser el amo y señor de la vida y
la muerte. Crear vida, arebatarla, transportarla y conservarla. Como
se le antojara al ganador. Poder absoluto. Dominio absoluto.
Los cuatro jugadores miraron el
ambicioso botín. Nervios, tensión, y uno a uno fueron mostrando sus
cartas. Primero Caronte, con cierta satisfacción, que pronto se
desvaneció en cuanto La Muerte enseño sus cartas. Y ya tintineaba
su mandíbula de satisfacción cuando Hades mostró su poderosa mano.
- Jajajja, rió con tétrica voz, pero
justo cuando iba a coger la recompensa, el preciado botin, miró
desconfiado al último jugador.
- No has mostrado nada. Enseña tus
cartas.
El cuato jugador miró con una sonrisa
maliciosa a Hades
- Efectivamente, creo que hoy has
ganado, dijo el cuarto jugador, mientras mostraba su triste mano, una
simple pareja de doses
El alivio de Hades se convirtió en una
carcajada perversa
- Jaja, iluso humano, has perdido ¿Qué
pretendías? No sé como lograste ese objeto, pero lo has perdido. Si
alguna vez tuviste oportunidad de aspirar a ser una divinidad, has
malogrado tu ocasión, jaja, ¿qué harás ahora?
-Quien sabe- dijo Greenfield mientras
le dedicaba una mirada a su máquina del tiempo – Quien
sabe.
Escrito por jdgreenfield
Galerías Preciados daba sus últimos coletazos antes de morir (allá por el 95) cuando me pasé por última vez. La imagen que recuerdo del centro no es muy buena. Los expositores rezumaban una cantidad ingente de género mezclado y desordenados, que concordaban a la perfección con malas caras de los empleados. No era de extrañar pues en dos meses, la empresa era absorbida por El Corte Ingles.