De como Gulliver es acogido en Laputa, y después de su desavenencia con los habitantes, es repudiado.

Estando perdido en estas aguas, después de ser expulsado de mi navío por los piratas japoneses, me sentía sólo y afligido. Mas encontré mi libertad en el catalejo de bolsillo, gracias a ser obviado mi registro cuando fui puesto en la canoa de vela. Trepé como pude a lo alto del mástil e hice uso de él, divisando tierra firme que en varias horas alcancé.

Era una isla rocosa no muy próspera, ni muy grande, de la que conseguí abundante cantidad de huevos de sus aves habitantes. Aún así no había más que roca y la desesperación se fue apoderando de mí. Desdichado estaba por lo que iba a ser mi final que malograba los días que pasaban sin ánimo para mi alma. Ya consideraba terminar mi sufrimiento, cuando la tierra se ensombreció.

Cabizbajo estaba en mi delirio mientras avanzaba la mañana, sin nubes ni brisa, cuando noté la falta de luz. Me volví y vi tan majestuosa visión surcar impasible el cielo. Tenía la apariencia de un descomunal elemento sólido, con la parte inferior totalmente plana y destellos luminosos que la recorrían, producto de los reflejos del mar en su superficie. Saqué mi catalejo de bolsillo y pude divisar tan colosal construcción, que para mi sorpresa, rebosaba de gente lanzando cabos con cestas al mar para pescar.

No muy lejos me encontraba, a una milla de distancia, así que me dirigí a tan extraño cuerpo. Pese a su envergadura, mi canoa no pasó desapercibida y causó un gran revuelo entre sus habitantes, que me lanzaron un cabo para trepar.

Cuando logré que me izaran, la gente se agolpó a mi alrededor. Extrañas indumentarias vestían, aunque de fisionomía eran más bien occidentales pese a habitar en aguas orientales. Intenté comunicarme pero fue imposible. Desconocían el francés, el holandés el italiano o el español, pero aún así su lengua me resultaba familiar, por lo que había origen latino.

Cabe destacar, que entre las personas que me rodeaban, existían unas notables figuras ataviadas con exuberantes ropas, muy coloridas: Dichas personas iban acompañadas de unos sirvientes portadores de una vara con una vejiga animal inflada en su extremo. Su función la aprendí más tarde, aunque de momento los llamaré sacudidores, en su terminología Climenoles. Ante mi presencia estos criados iban atizando suavemente los ojos de sus señores, y pronto descubrí que cuando uno de ellos azuzaba en la boca de su señor, éste hablaba.

Tal era su función, estimular los sentidos puesto que, como supe posteriormente, los habitantes de dicho lugar se abstraían con tanta facilidad en sus divagaciones, que requerían de los servicios de estos sirvientes para centrarse.

Ante mi clara confusión por no lograr comunicarme con dichas personas, los pobladores me condujeron hasta un majestuoso edificio donde fui recibido por el Rey de la isla. Después de un largo análisis, por los que considero que eran sus consejeros, dedujeron que no era instruido en su lengua y me acompañaron a unos aposentos.

Desde aquel momento, cada día pasaba conmigo un instructor que me educaba en sus quehaceres y su idioma, que por ser de raíz latina tal como vaticiné, logré dominar en poco tiempo. Así fue como mis conversaciones llegaron a ser más fluidas con el paso de las semanas, y por fin pude mantener prolongadas charlas.

Pasó que en un coloquio con mi mentor, al preguntar por el nombre de su isla flotante, me indicó que se llamaba Lapuda. La terminología latina no la encontré y pregunté su origen del cual me indicó que era puda, al ser éste un término que significa pensamiento, ya que Lapuda es la tierra de los pensadores, y es por ello el hecho de que los nobles de dicha isla requerían de sus sacudidores, ya que sus pensamientos les distraían del mundo real.

Consideré, claramente, que mi interlocutor tenía una mala interpretación en los orígenes, pues no era puda, sino puta la correcta traducción. Pero tan obcecado estaba, que insistió en su pronunciación; Lapuda.

Discrepé de la interpretación pues, sin error por mi parte, se trataba de un vulgarismo distante del latín. Laputa reiteré yo, y mis insistencias pasaron a enojar a mi interlocutor. Su error no podía ser corregido, y no entendían que putus provenía de chico o chica, y puta de conocimiento, y ambos términos se fusionaron con el paso del tiempo a aquel joven que vende su virtud con conocimiento, y es así como el término logró derrumbar sus significados originales, degenerando la expresión en aquel que ejerce la prostitución.

El hecho que dicha gente no hubiera adaptado aún su vocabulario significaba tan solo que sus orígenes provenían de raíces latinas más primitivas de las esperadas. Y absorto estaba yo en estas dilaciones cuando fui violentamente interrumpido y expulsado de la sala. Fui conducido directamente ante la presencia del Rey, donde mi interlocutor paso a eximir las acusaciones que yo vertía sobre su habla. La indignación se apoderó de la corte y el Rey me declaró no grato y se dispuso a arreglar los preparativos para mi expulsión.

Al final de la jornada me encontraba ya en el borde de la isla. Y justamente antes de bajarme con una soga a un atolón, uno de los Climenoles me comentó su asombro hacia mi persona porque no usaba vejiga. Y con mis nuevos conocimientos sobre su idioma me dí cuenta de mi error y lo entendí todo, quizás un poco tarde.

La palabra Climenole retumbaba en mi cerebro, y la terminología del sacudidor adquirió un nuevo y rico significado, Climenole, los sacudidores del clítoris. Y ahí corroboré que mi hipótesis del origen puta era obvia, ratificada por la víscera animal que anidaba en la punta del atizador. Puesto que, la vara que porteaban, no constaba de una vejiga sino de una vagina.

Su función se había degradado de su empleo original. Laputa, país de casta humilde, que honraba a sus ancestros mediante la ofrenda corporal; el contacto con dicho órgano a los sentidos a estimular. Clara alusión al despertar de la vida, a la provocación a la que se ve forzado el recién nacido, hijo ilegítimo de la profesión más veterana del mundo, al salir del útero materno.

Por lo que yo estaba en lo cierto, la tierra que pisaba se denominaba Laputa, y no Lapuda, y sus habitantes eran hijos de las descendientes de dicha ocupación que, sin honra, abandonaron su tierra natal y por vergüenza, olvidaron sus raíces.

No tuve tiempo para explicárselo y no creo que me hubieran prestado atención. Me bajaron al islote y me encomendaron a la gracia de Nethuns.

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